Sostenía su espada bastarda con una sola mano, haciéndola girar con pequeños movimientos de muñeca en una clara actitud chulesca y desafiante. Su enemigo, un poderoso dragón rojo, se movía, como él, trazando un enorme círculo, como si estuvieran llevando a cabo algún tipo de danza ritual previa a la batalla. El dragón soltaba pequeñas nubecillas de humo por los orificios nasales y alguna que otra lengua de fuego escapaba entre sus fauces. Se le notaba impaciente por empezar.
La contienda iba a tener lugar en la cima más alta de todas cuantas poblaban su mundo a las puertas de la destrucción. A su alrededor todo era fuego, magma volcánico y rocas carbonizadas. De la hermosa flora y fauna que un día pobló el planeta ya no quedaba rastro. Ahora el calor y los vapores tóxicos era lo único que quedaba. Y ellos, los dos últimos seres vivos, iban a tener el enfrentamiento definitivo. Ambas razas, humanos y dragones, habían tenido sus diferencias desde el principio. Los dragones nunca llevaron demasiado bien la llegada de los humanos y que fueran poco a poco extendiéndose por toda la faz del planeta. Para los poderosos señores del fuego, no eran más que una plaga. Los humanos siempre han temido a estos enormes saurios escupe-fuego y, como todo aquello que les daba miedo, les persiguieron, cazaron y acosaron. La inteligencia superior de los dragones les llevó a tomar la decisión de alejarse de la plaga para sobrevivir. Los alfeñiques de piel blanda eran demasiado numerosos como para acabar con todos ellos. Seguramente no vencerían en semejante guerra, así que optaron por la solución más inteligente: ocultarse de la mirada de los enclenques seres humanos.
Pero los hombres no se rinden; su tozudez es tan sólo comparable a su inmensa estupidez. Los dragones eran una abundante fuente de carne y material para confeccionar armas y armaduras. Les buscaron y buscaron hasta que varios siglos después del exilio draconiano, volvieron a dar con ellos. En este tiempo, los lagartos alados habían proliferado y se habían vuelto más numerosos. No se habían olvidado de sus mortales enemigos, pero sí que se habían relajado en sus tareas defensivas y de prevención. Fueron cogidos por sorpresa. No obstante, pronto reaccionaron con fiereza y la guerra se desató con una virulencia nunca antes vista. Los países eran rápidamente consumidos por el fuego, el entrechocar de armas con escamas de dragón, los gritos agónicos de los humanos heridos de muerte, los atemorizadores rugidos de los dragones y, sobre todo, por la sangre derramada en las contiendas. La paz mantenida durante siglos se rompió en cuestión de minutos y la guerra consumió el planeta en unos días.
Y ahora sólo quedaba un representante de cada raza. Y una última batalla que librar, tan inútil como todas las anteriores. No iban a luchar por ver qué raza salía victoriosa, por ver cuál de los seres era más poderoso. Iban a hacerlo porque ya no les quedaba otra cosa, porque después de días y días de sangre, acero y fuego, no sabían hacer nada más. Muertos de hambre, sueño y cansancio, iban a pelear porque tenían que hacerlo. Como si estuviera escrito en alguna parte que así debía ser.
El guerrero, un poderoso especimen de la raza humana; largo cabello castaño, sucio y grasiento; ojos negros como la noche y tan oscuros como su alma; medía alrededor de un metro noventa de puro músculo, fibra curtida en innumerables combates; el torso sin cubrir, hacía mucho que había perdido las prendas, una a una, así como las piezas de su armadura de cuero; de los pantalones no quedaban más que andrajos que dejaban entrever las múltiples heridas que recorrían sus piernas, algunas de ellas aún sangrantes; las botas de cuero, desgastadas por el intenso uso al que se habían visto sometidas en los últimos días, estaban raídas aunque en buen estado; unos brazales de acero ya no brillaban en sus antebrazos, con rastros de haber recibido más de una llamarada y de un arañazo; y la espada bastarda, cubierta de sangre de dragón, apestando con el nauseabundo hedor de la muerte.
El dragón, aparentemente intacto aunque con algunos tajos y contusiones, con las escamas de refulgente color rubí; las placas pectorales de un intenso tono dorado; sus profundos ojos esmeralda, brillando con la rabia de saberse el último de su raza; las poderosas alas recorridas por numerosos cortes que prácticamente las habían inutilizado; todo él centelleaba, devolviendo la luz del fuego y magma que les rodeaban por doquier amplificada, cegando en ocasiones al guerrero.
El cielo, con el tono dorado de la arena del desierto, estaba cubierto de nubes de vapor tóxico, por lo que los rayos del sol no eran capaces de alcanzar la superficie del planeta; el calor unido a la capota de gas habían enrarecido el ambiente haciéndolo prácticamente irrespirable. El guerrero jadeaba mientras se movía siguiendo el trazado circular.
Entonces, tan de repente que el dragón estuvo a punto de lanzarse al ataque, el guerrero se paró en seco.
-Soy el poderoso Mynark, general de generales del clan de Los Rojos del sur de la estepa milenaria -dijo al tiempo que alzaba su espada hacia el cielo.- Y en este aciago día voy a acabar con el último de vosotros, despreciables seres -sentenció, escupiendo al suelo la última palabra.
-Miserable humano -la voz del dragón atronó en la cima-, tus palabras no hacen sino confirmar las peores sospechas de mi raza respecto a la tuya: sois los seres más estúpidos de la creación. Durante milenios vivimos en paz en este otrora hermoso planeta, pero entonces llegásteis vosotros, con vuestros temores y vuestra violencia, vuestras ansias de matar y vuestra codicia. Y nos perseguísteis y dísteis caza. Por el bien de ambas especies y del propio planeta decidimos exiliarnos cuando el territorio era nuestro por derecho; aún así, elegimos la paz en lugar de la guerra y nos fuimos de nuestros ancestrales hogares por vosotros. Mas cuán ruines podéis ser, malditos humanos, tuvísteis que darnos caza para poder obtener de nosotros lo que queríais. ¡Mira lo que habéis conseguido! ¡¡Observa atentamente este mundo agonizante!! ¡Regocíjate ante tu obra, humano, pues está alcanzando su culmen! Matar al último de los dragones es tu deseo, y lo intentarás empleando hasta la última gota de tu energía. Sin embargo, yo te digo que tu empresa es a todas luces inútil; aunque consigas matarme, y lo dudo, ¿qué te quedará, inmundo piel blanda? Un mundo de roca fundida y fuego; qué gran herencia.
-Te equivocas, oh gran lagartija. Voy a acabar contigo, y con esa acción, el aniquilamiento de tu especie, este mundo obtendrá paz y todo volverá a su ser. Así me lo dijo el oráculo y así será.
-Estúpido, inútil humano. He escuchado suficiente, no soporto más tu presencia. Acabemos con esto de una vez.
El enorme dragón, con lágrimas en sus brillantes ojos, se lanzó hacia Mynark, con sus tremendas fauces abiertas de par en par. El humano apenas tuvo tiempo de saltar a un lado para esquivar la acometida del poderoso señor del fuego; a continuación descargó una estocada contra el costado carmesí, pero no consiguió acertar entre las escamas y la espada rebotó, provocando que todo el brazo se desplazara hacia atrás con una violenta sacudida. La desventaja de luchar contra un dragón sin un escudo es que los hálitos de fuego no pueden ser detenidos con la hoja de una espada. Por muy grande que ésta sea. La enorme llamarada alcanzó al guerrero girando, en un desesperado intento por evitar el ardiente aliento. Tuvo que arrojarse al suelo y rodar sobre sí mismo para evitar que las llamas consumieran su brazo izquierdo. El fuego de un dragón es terriblemente <<pegajoso>>, como pudo descubrir Mynark, que pensó que la llamarada tan sólo lamería su cuerpo sin prender en él. Con un tremendo esfuerzo, como pudo se puso en pie, tambaleante; el brazo izquierdo con quemaduras de diversa gravedad; el derecho, aún temblando como consecuencia de su ataque fallido.
-Patético alfeñique -rugió el ser carmesí-. Apenas dos acometidas y ya estás prácticamente indefenso: tu brazo izquierdo casi inutilizado y el derecho soportando el peso de tu arma a duras penas. No te enfrentas a cualquier contendiente, humano, ante ti se yergue Kerroyn Coraza de Sangre, rey de reyes entre los de mi especie. Qué nefasto destino te ha tocado en suerte, deshonroso Mynark. Eres un insulto a los ojos de nuestra especie, tú como todos tus hermanos de sangre. Y aún así, misericordioso me muestro ante ti, dándote una última oportunidad de sobrevivir. Ríndete y compartiremos estos últimos estertores de nuestro mundo. Prefiero pasarlos contigo que en la más absoluta soledad. ¿Qué me dices?
El guerrero miraba furibundo, con el ceño fruncido, al dragón. Si se pensó por un momento siquiera, la oferta del sabio lagarto alado, no dio muestras de ello. En un rápido movimiento, dejó la espada en el aire lo justo para poder cogerla con el puño cambiado y, como parte de la misma acción, dio un largo paso hacia delante para darle fuerza al lanzamiento de su espada, como si de una jabalina se tratase. Intentaba aprovechar que el rey Kerroyn le mostraba la parte delantera de su cuerpo, la más blanda y, por lo tanto, vulnerable. Además, la distancia entre ambos era de apenas 7 metros, por lo que no habría mucho tiempo para reaccionar. Con gran certeza, la enorme pieza de metal volaba hacia el corazón de la bestia a gran velocidad. El rey dragón movió la cabeza en un gesto de resignación y decepcionado lanzó su garra contra la espada. El arma se clavó en la palma de su zarpa, provocándole un punzante dolor. El rugido de Kerroyn pudo escucharse varios cientos de kilómetros a la redonda.
Sin embargo, ahora Mynark estaba perdido. Debilitado su brazo derecho, casi inutilizado el izquierdo y sin arma, no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir. El terror hacía presa en él cuando una enorme cola salpicada de afiladas espinas le aplastó violentamente. El dragón se dio media vuelta levantando su cola, arrancándola del suelo, y arrojó la espada al vacío. Lo que quedaba del guerrero humano apenas era reconocible como el cuerpo de un hombre.
Kerroyn avanzó lentamente hasta el borde de la cima y se quedó allí clavado durante unos minutos, con la mirada perdida en la lejanía. Observó un mundo agonizante, con su superficie plagada de volcanes escupiendo magma, rocas volcánicas, humo y gases tóxicos; constantes terremotos azotaban por doquier; y la calma, la terrible tranquilidad de un mundo muerto, lo llenaba todo. El silencio le resultaba ensordecedor. Recordó entonces sus miles de años vividos: cómo salió del huevo a duras penas, siendo una pequeña y vulnerable cría; sus años de juventud en los que aprendió a volar, a cazar y las incontables tradiciones de su raza; los años de su adolescencia en los que se curtió en miles de peleas contra otros dragones, mejorando su técnica día a día, creciendo hasta convertirse en un gran macho con un prometedor futuro; el momento en que alcanzó su edad adulta y la gran prueba a la que fue sometido en la que tuvo que enfrentarse con otros hermanos en su misma situación, saliendo victorioso; los años de adulto en que aún era un joven y poderoso dragón, cómo cortejó a cientos de hembras teniendo docenas de crías con ellas; el maravilloso momento en que se erigió como rey de su clan, venciendo a todos los demás aspirantes al trono; los años de paz que logró durante su reinado y la felicidad que los embargó a todos; el día en que fue elegido como rey de reyes, entrando al mismo tiempo en el consejo de ancianos, en cuyas reuniones se tomaban las decisiones más importantes que afectaban a todos y cada uno de los miembros de su raza; el advenimiento de los hombres y las penurias que les causaron; las primeras guerras con los humanos y la decisión tomada en el consejo de exiliarse voluntariamente por el bien de ambas razas y del propio mundo; los interminables siglos de exilio en que ningún dragón podía ser feliz; el reencuentro con los hombres y todo el dolor que trajo aquel momento; los días posteriores de guerras y batallas por todas partes, sangre, caos, destrucción; la pérdida, la terrible pérdida de todos y cada uno de sus hermanos de raza. Todo esto recordaba el gran Kerroyn y sus ojos se llenaban de lágrimas al hacerlo. Lloró y lloró durante horas con la mirada perdida en el horizonte, la mente inmersa en sus milenarios recuerdos, completamente inmóvil al borde de la cima más alta.
Entonces, se dio la vuelta, y con los ojos aún inundados de lágrimas, se acercó a los restos del guerrero. Cavó un pequeño agujero y empujó dentro el cadáver, cubriéndolo después con la tierra amontonada. A continuación, se dejó caer con cierta violencia y se acurrucó en el suelo, haciéndose un ovillo. Y entró en un amargo sopor, un letargo eterno del que ya no despertó jamás.



2 Comments
Impresionante!!! avísame cuando escribas un libro, jejeje, muy bueno.
Jejeje
Me alegro de que te haya gustado
Gracias
A ver si hay más comentarios positivos