Él confiaba en ella ciegamente. Por eso nunca pudo sospechar que sacaría aquella helada daga de alguna parte entre su ropa. Y, cuando él menos se lo esperaba, durante un abrazo, le sonrió mientras le clavaba el frío puñal entre las costillas, justo en el centro del corazón, al tiempo que le decía:
-Ahora quizá no te des cuenta, pero créeme, esto es lo mejor para todos.
Su cuerpo fue muriendo durante la lenta caída de espaldas y para cuando chocó violentamente contra el suelo, su alma ya había iniciado su viaje. Asesinado por su propia reina, el poderoso monarca se marchó de la tierra de los vivos con una mueca de dolor, tristeza y sorpresa.



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