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	<title>Alcojonante &#187; Relatos</title>
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	<description>Porque ser impresionante es un trabajo a tiempo completo.</description>
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		<title>El Alma I</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Oct 2010 08:06:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel H Alcojor</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Minirelato que he publicado en facebook como nota. Como últimamente ando desanimado con todo en general y no estoy dibujando, os lo pongo por aquí [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Minirelato que he publicado en facebook como nota. Como últimamente ando desanimado con todo en general y no estoy dibujando, os lo pongo por aquí por si alguien me echaba de menos <img src='http://dhalcojor.com/blog/wp-includes/images/smilies/icon_wink.gif' alt=';)' class='wp-smiley' />  Espero que os guste:</p>
<h4>El Alma I</h4>
<p>Érase una vez un alma romántica y soñadora que, aunque había fracasado en su primer intento de encontrar a su otra mitad, no había perdido la esperanza en que tarde o temprano aparecería.</p>
<p>Un buen día, se encontraba buscando en un pozo de almas, uno de tantos en el infinito Reino Etéreo, cuando algo entró en su campo visual por el rabillo del ojo captando su atención. Al principio parecía una más, pero ésta atendió a su tímida llamada. Después de haber probado suerte con tantas otras almas grises e insustanciales, algunas con sus aires de grandeza que ni siquiera se dignaban a contestar, otras tan pobres en su interior que pronto consumían la poca luz que atesoraban, aquello le devolvió un poco la ilusión. Pero es que a medida que conversaban y compartían sus respectivos brillos, se iba dando cuenta de que podría haberla encontrado. Aquella fuente de luz parecía inagotable y cuanta más luz salía más parecía haber. Y no se cansaba de contemplarla.</p>
<p>No obstante, aquella hermosa alma con la que había compartido aquel buen rato tuvo que marcharse. Tenía cosas que hacer. De modo que, nuestra alma se quedó allí observando cómo se alejaba aquella poderosa candidata a ser su otra mitad. Y el tiempo pasado con ella le pareció un mero parpadeo, apenas un vistazo a un paisaje que llegaba más allá de donde le alcanzaba la vista.</p>
<p>Su luz se había fortalecido tras ese fugaz momento y al día siguiente intentó hacer algo bonito por aquella otra alma y compartió un trozo de sí misma. La respuesta, no obstante, no fue la esperada. Se asustó, se preocupó; quizá se había apresurado demasiado y lo había estropeado todo. Quizá había alejado aquella luz para siempre.</p>
<p>Pasó un día y otro y hasta dos semanas sin poder volver a entablar conversación con aquella bella luz. La preocupación crecía y su luz se debilitaba, pensando que quizá un estallido demasiado repentino de su propia luz pudiera haber ahuyentado a la otra. Y entonces, tuvo noticias. &#8220;No te preocupes&#8221;, dijo, &#8220;En cuanto pueda hablaré contigo y te lo explicaré todo&#8221;, continuó. Y después, nada más.</p>
<p>El breve mensaje tuvo un efecto poderoso, restituyó parte del brillo perdido y la esperanza empequeñecida. Pero seguía sin poder continuar compartiendo su luz con aquella bella compañera. ¿Sería ella? ¿Alcanzarían la eternidad juntos? Sólo podía esperar&#8230; y esperar&#8230; confiando en que tarde o temprano obtendría las respuestas a tantas preguntas.</p>
<p><a class="a2a_dd a2a_target addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save#url=http%3A%2F%2Fdhalcojor.com%2Fblog%2F2010%2F10%2F05%2Fel-alma-i%2F&amp;title=El%20Alma%20I" id="wpa2a_2"><img src="http://dhalcojor.com/blog/wp-content/plugins/add-to-any/share_save_171_16.png" width="171" height="16" alt="Share"/></a></p>]]></content:encoded>
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		<title>El rey ha muerto</title>
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		<pubDate>Fri, 31 Jul 2009 21:12:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel H Alcojor</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Él confiaba en ella ciegamente. Por eso nunca pudo sospechar que sacaría aquella helada daga de alguna parte entre su ropa. Y, cuando él menos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Él confiaba en ella ciegamente. Por eso nunca pudo sospechar que sacaría aquella helada daga de alguna parte entre su ropa. Y, cuando él menos se lo esperaba, durante un abrazo, le sonrió mientras le clavaba el frío puñal entre las costillas, justo en el centro del corazón, al tiempo que le decía:</p>
<p>-Ahora quizá no te des cuenta, pero créeme, esto es lo mejor para todos.</p>
<p>Su cuerpo fue muriendo durante la lenta caída de espaldas y para cuando chocó violentamente contra el suelo, su alma ya había iniciado su viaje. Asesinado por su propia reina, el poderoso monarca se marchó de la tierra de los vivos con una mueca de dolor, tristeza y sorpresa.</p>
<p><a class="a2a_dd a2a_target addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save#url=http%3A%2F%2Fdhalcojor.com%2Fblog%2F2009%2F07%2F31%2Fel-rey-ha-muerto%2F&amp;title=El%20rey%20ha%20muerto" id="wpa2a_4"><img src="http://dhalcojor.com/blog/wp-content/plugins/add-to-any/share_save_171_16.png" width="171" height="16" alt="Share"/></a></p>]]></content:encoded>
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		<title>Vidas intercambiables</title>
		<link>http://dhalcojor.com/blog/2009/07/23/vidas-intercambiables/</link>
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		<pubDate>Thu, 23 Jul 2009 12:56:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel H Alcojor</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[La situación estaba llegando ya a un punto en que se le hacía insoportable. Todo en su vida iba de mal en peor. Se encontraba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La situación estaba llegando ya a un punto en que se le hacía insoportable. Todo en su vida iba de mal en peor. Se encontraba frente a su monitor en la oficina, mirando sin ver como un zombi de una peli de Wes Craven, cansado de no hacer nada o de llevar a cabo tareas banales que no querría para sí ni un becario de la profesión; harto de un sueldo ridículamente bajo para una persona con su experiencia profesional y de estar metido en un trabajo repetitivo y aburrido. Su relación de pareja hacía aguas, cada vez que se daba la vuelta aparecía un agujero nuevo en el barco del amor. Aguantaba a base de tesón, porque la amaba más que a ninguna otra cosa en el mundo, pero la situación no mejoraba. Siempre terminaban de nuevo en la casilla de salida. A todo esto sumado un cansancio perpetuo debido al calor estival y a la falta de sueño, el resultado era insostenible. Tenía que hacer algo.</p>
<p>Se levantó de su silla de oficina y sin mediar palabra con compañeros o jefe, cogió sus cosas y salió de la oficina. <em>&lt;&lt;Un paseo por el centro me vendrá bien&gt;&gt;</em> pensó. Salió del complejo de su empresa y se dirigió a la estación de metro más cercana.</p>
<p>A las 11 de la mañana de un día laborable era una gozada viajar en Metro. Nada de aglomeraciones, de aguantar los malos olores de los otros pasajeros, de soportar a los drogadictos e indigentes pidiendo dinero con sus peroratas perfectamente aprendidas, como si se las hubiera escrito algún guionista famoso. Hasta se pudo sentar cuando entró en el vagón, lo que le vino muy bien para poder pasar desapercibido, cosa que buscaba en su pequeña escapada. Cuando eres una sudorosa masa de metro noventa y más de 100 kilos es difícil no llamar la atención. Pero sentado es otra cosa, aunque el tamaño es el mismo, da la sensación de ser más pequeño.</p>
<p>Escuchando uno de sus grupos favoritos de Symphonyc Metal se le pasó volando el viaje, que duró apenas 15 minutos. Cuando salió de la estación, de pronto descubrió un pequeño factor con el que no había contado hasta el momento: tremendo calor. Casi se le quitan las ganas de respirar, pero empleó toda la fuerza de voluntad que pudo reunir y terminó de subir las escaleras. Todo lo rápido que pudo, se movió esquivando putas, inmigrantes comprando oro, drogadictos repartiendo publicidad y demás fauna urbana y comenzó a andar en busca de alguna calle que no estuviera bañada por el mortal sol de -casi- mediodía.</p>
<p>Comenzó a callejear por las pocas calles oscuras que encontró en el centro de la ciudad, sin rumbo y sin hacer mucho caso a su entorno, enfrascado en los riffs de guitarra eléctrica que resonaban en sus tímpanos, totalmente ajeno al vibrante teléfono móvil que no dejaba de tratar de llamar su atención en su bolsillo, recibiendo llamadas desde la oficina. Fue así como, cuando se quiso dar cuenta, estaba en una calle que no le sonaba de nada. Tampoco es que fuera un gran conocedor de esa parte de la ciudad, pero aquella calle no parecía siquiera pertenecer al país. No sabría decir qué, pues tampoco era un entendido en arquitectura, pero algo no encajaba. Sus pasos se volvieron lentos y su mirada frenética mirando las fachadas de los edificios y reparando en los escaparates de las tiendas. Se empezó a poner nervioso cuando cayó en la cuenta de que la calle estaba desierta.</p>
<p>Los nombres de las tiendas eran ridículos y extraños: <em>&#8220;Tu tienda de magia&#8221;</em>, <em>&#8220;Suministros para chamanes&#8221;</em>, <em>&#8220;Espíritu del Tao&#8221;</em>, <em>&#8220;Repuestos para cyborgs&#8221;</em>. Hasta que una tienda casi le arrastró a su interior. El letrero rezaba <em>&#8220;Vidas intercambiables&#8221;</em> y el escaparate era un amasijo de fotografías de personas. Le entró la curiosidad.</p>
<p>El recinto, al igual que la calle, estaba vacío. Parecía una biblioteca: sólo había estanterías que llegaban casi al techo, dibujando laberínticos pasillos. Vista desde dentro era mucho más grande que lo que parecía por fuera. El polvo era una constante en aquel lugar y se dio cuenta de que tenía que moverse como a cámara lenta si no quería morir asfixiado bajo una montaña de polvo, ácaros, moho y a saber qué más. Los estantes estaban etiquetados: <em>&#8220;Estrellas del rock&#8221;</em>, <em>&#8220;Estrellas de cine&#8221;</em>, <em>&#8220;Jugadores de la NBA&#8221;</em>,<em> &#8220;Archimagos&#8221;</em>, <em>&#8220;Cyborgxeadores&#8221;</em>, pero también <em>&#8220;Fontaneros&#8221;</em>, <em>&#8220;Informáticos&#8221;</em>,<em> &#8220;Profesores&#8221;</em>, <em>&#8220;Fruteros&#8221;</em>, <em>&#8220;Tuberos&#8221;</em>. Aquello se volvía rarísimo por momentos. Las baldas, de una madera tan antigua que podría proceder de alguna especie de árbol ya extinta, contenían volúmenes enormes nombrados igual que las etiquetas, más unas letras: <em>&#8220;Fontaneros A &#8211; C&#8221;</em>. Aquellos tomos estaban encadenados a los muebles y parecían tan viejos como todo lo demás, con los lomos sujetos escasamente a las amarillentas y quebradizas páginas. Cogió uno al azar, ni siquiera se fijó en el nombre, y al abrirlo el polvo se metió en todos los recónditos de su rostro, provocándole un sonoro estornudo. Cuando se recuperó echó un vistazo a la página por la que había abierto aquello y vio que no era más que un listado de personas, pequeñas fichas con algunos datos de cada hombre y mujer: nombre y apellidos, fecha de nacimiento -y de fallecimiento en algunos casos-, una breve descripción física, ocupación y algunos datos más como si tenía familia o su nivel económico y cultural.</p>
<p><em>&lt;&lt;Un enorme listado de personas, clasificadas por su profesión&gt;&gt;</em> pensó echando un vistazo a las estanterías que tenía ante sí.</p>
<p>-Buenos días, señor -dijo de pronto una voz tras él. Aquella voz sonó dulce y transmitía una calma tal que podrías dormirte manteniendo una conversación con aquella persona.</p>
<p>Sin embargo, el sobresalto fue mayúsculo. Se creía el único en aquel lugar. Dejó el libro en su sitio y se giró para ver quién le había saludado. Era un hombre mayor, él hubiera le hubiera calificado de antiguo, añejo. Con un escaso pelo plateado y unas pequeñas gafas asomándose al vacío desde el borde de su nariz aguileña. Con una expresión de sabiduría y divertimento a la vez, aquel anciano le miraba con curiosidad.</p>
<p>-Eh&#8230; buenos días a usted también -consiguió responder, con el corazón aún acelerado.</p>
<p>-¿Deseaba algo en particular, señor?</p>
<p>-Eh, no, gracias, sólo miraba -respondió, intentando girarse de nuevo hacia la estantería con aire nervioso.</p>
<p>-Déjeme adivinar, joven: es su primera vez en mi tienda.</p>
<p>Vaya, así que aquel tipo era el dueño. Bueno, le pegaba&#8230;</p>
<p>-Sí -confesó con cierta timidez-, de hecho, no recuerdo haber estado nunca antes en esta calle.</p>
<p>-Bueno, eso se debe sin duda a que no es una calle fácil de encontrar -sentenció guiñando un ojo.- ¿Quiere que le cuente qué tipo de tienda es ésta y cómo funciona, hijo?</p>
<p>-Err&#8230; claro, adelante.</p>
<p>-Bien, como habrá visto, la tienda se llama <em>&#8220;Vidas intercambiables&#8221;</em>. Es así de fácil, joven, lo que le ofrezco es la posibilidad de intercambiar su vida con la de cualquier otra persona de este planeta, viva, muerta o aún por nacer, por un tiempo a determinar entre ambas partes. Durante ese tiempo, usted será esa persona y esa otra persona será usted.</p>
<p>El anciano dijo todo eso sin reírse, pero con una amplia sonrisa y su voz calmada. El joven tuvo que esforzarse al máximo por reprimir una carcajada. Pensó en cosas muy tristes, como el salario mínimo, la tauromaquia, la tele-basura o la muerte de Chanquete.</p>
<p><em>&lt;&lt;O sea, que este adorable montón de arrugas piensa que se pueden intercambiar vidas&#8230; Bueno, vamos a seguirle el rollo, al menos pasaremos un buen rato&gt;&gt;</em> pensó el joven.</p>
<p>-¿Ha dicho personas &#8220;vivas, muertas o aún por nacer&#8221;?</p>
<p>-Así es, señor, cualquier persona del presente, pasado o futuro. No hay restricciones para el funcionamiento de nuestro&#8230; &#8220;producto&#8221;.</p>
<p>-Pero, ¿cómo es eso posible? ¿Podéis viajar en el tiempo? ¿Y cómo funciona exactamente vuestro &#8220;producto&#8221;?</p>
<p>-Bueno, no puedo contarle todos nuestros secretos, como comprenderá. Nuestra tienda y nuestro &#8220;producto&#8221; son algo único. Sólo le diré que no viajamos en el tiempo. Y en cuanto a cómo funciona la tienda, es simple: si usted aún no forma parte de nuestro catálogo, tiene que rellenar una ficha; una vez en él, selecciona una persona de nuestro catálogo y hace una &#8220;oferta&#8221; de intercambio, que nosotros tasamos; nosotros nos ponemos en contacto con esta persona; si acepta su &#8220;oferta&#8221;, ambos tienen que pagar el precio tasado por nosotros; si no, entrarán en una fase de negociación hasta que ambos estén de acuerdo con los términos y, tras llegar a ese acuerdo, nosotros actualizamos el valor de la tasación; una vez recibido el pago por ambas partes, nosotros realizamos el intercambio y, por el tiempo acordado, cada uno será la otra persona.</p>
<p>-¿Me podría explicar mejor eso de<em> &#8220;ser la otra persona&#8221;</em>?</p>
<p>-Claro, es bien sencillo: básicamente lo que hacemos es intercambiar sus almas. De esa manera, usted será la otra persona, estará metido en su cuerpo, pero conservará todos sus recuerdos y experiencia personal. No obstante, a todos los efectos, en ese mundo, <em>usted será</em> esa persona. Nadie notará la diferencia a simple vista. Sólo aquellos que conocieran bien a esa persona podrán ver cambios en el comportamiento, actitud y demás. Pero dependiendo de lo que quiera hacer, puede dar igual -y volvió a guiñar su arrugado ojo.</p>
<p>El joven alzó entonces la mirada y observó las decenas, quizá cientos, de estanterías. <em>&lt;&lt;Poder vivir la vida de quien yo quiera&#8230;&gt;&gt;</em></p>
<p>-Supongamos que me lo creo. ¿Cuánto se tarda en el proceso y cuánto cuesta?</p>
<p>-Bueno, eso algo complicado, depende de cada persona. Para cada persona realizamos una tasación del valor por día en función de bastantes datos. En cuanto al proceso, garantizamos que en un plazo máximo de una semana, si ambas partes aceptan la oferta inicial, estarán disfrutando del intercambio. Luego, como comprenderá, hay ciertas clausulas, normas, y un seguro de catástrofe que tendrá que abonar. Simple burocracia -dijo con una enorme sonrisa.</p>
<p>En ese momento entró una pareja en la tienda, jóvenes también, de unos 30 años como mucho. Iban cogidos del brazo y admiraban las estanterías a medida que paseaban entre ellas. El anciano se giró un momento, cogió algo de una estantería y se lo dio al joven.</p>
<p>-Mire, joven, léase este folleto. Si está interesado, rellene la ficha que viene aquí, ¿ve? Luego deje la ficha en aquél montón de allí y a partir de ese momento podrá realizar alguna oferta o, quién sabe, puede que sea usted el que la reciba -dijo, guiñando de nuevo su ojo. El joven empezaba a pensar que quizá fuera un tic.</p>
<p>Mientras ojeaba el folleto escuchó cómo el anciano se acercaba a la pareja y comenzaba a charlar con ellos, pero se alejaban y no pudo escuchar lo que hablaban. Tras leer por encima la información del tríptico, pensó <em>&lt;&lt;qué demonios&gt;&gt;</em> y rellenó la ficha. La recortó y la dejó en el montoncito que le había indicado el dueño de la tienda. Al salir, se dio cuenta de que el amable señor le miraba, guiñándole el ojo, al tiempo que se despedía agitando su mano derecha. Se despidió a su vez y salió de nuevo a aquella extraña calle.</p>
<p><em>&lt;&lt;Por qué no, quizá lo que me haga falta sean unas vacaciones de mi vida&#8230;&gt;&gt;</em></p>
<p><a class="a2a_dd a2a_target addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save#url=http%3A%2F%2Fdhalcojor.com%2Fblog%2F2009%2F07%2F23%2Fvidas-intercambiables%2F&amp;title=Vidas%20intercambiables" id="wpa2a_6"><img src="http://dhalcojor.com/blog/wp-content/plugins/add-to-any/share_save_171_16.png" width="171" height="16" alt="Share"/></a></p>]]></content:encoded>
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		<title>El último</title>
		<link>http://dhalcojor.com/blog/2009/05/12/el-ultimo/</link>
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		<pubDate>Tue, 12 May 2009 15:13:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel H Alcojor</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Sostenía su espada bastarda con una sola mano, haciéndola girar con pequeños movimientos de muñeca en una clara actitud chulesca y desafiante. Su enemigo, un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sostenía su espada bastarda con una sola mano, haciéndola girar con pequeños movimientos de muñeca en una clara actitud chulesca y desafiante. Su enemigo, un poderoso dragón rojo, se movía, como él, trazando un enorme círculo, como si estuvieran llevando a cabo algún tipo de danza ritual previa a la batalla. El dragón soltaba pequeñas nubecillas de humo por los orificios nasales y alguna que otra lengua de fuego escapaba entre sus fauces. Se le notaba impaciente por empezar.</p>
<p>La contienda iba a tener lugar en la cima más alta de todas cuantas poblaban su mundo a las puertas de la destrucción. A su alrededor todo era fuego, magma volcánico y rocas carbonizadas. De la hermosa flora y fauna que un día pobló el planeta ya no quedaba rastro. Ahora el calor y los vapores tóxicos era lo único que quedaba. Y ellos, los dos últimos seres vivos, iban a tener el enfrentamiento definitivo. Ambas razas, humanos y dragones, habían tenido sus diferencias desde el principio. Los dragones nunca llevaron demasiado bien la llegada de los humanos y que fueran poco a poco extendiéndose por toda la faz del planeta. Para los poderosos señores del fuego, no eran más que una plaga. Los humanos siempre han temido a estos enormes saurios escupe-fuego y, como todo aquello que les daba miedo, les persiguieron, cazaron y acosaron. La inteligencia superior de los dragones les llevó a tomar la decisión de alejarse de la plaga para sobrevivir. Los alfeñiques de piel blanda eran demasiado numerosos como para acabar con todos ellos. Seguramente no vencerían en semejante guerra, así que optaron por la solución más inteligente: ocultarse de la mirada de los enclenques seres humanos.</p>
<p>Pero los hombres no se rinden; su tozudez es tan sólo comparable a su inmensa estupidez. Los dragones eran una abundante fuente de carne y material para confeccionar armas y armaduras. Les buscaron y buscaron hasta que varios siglos después del exilio draconiano, volvieron a dar con ellos. En este tiempo, los lagartos alados habían proliferado y se habían vuelto más numerosos. No se habían olvidado de sus mortales enemigos, pero sí que se habían relajado en sus tareas defensivas y de prevención. Fueron cogidos por sorpresa. No obstante, pronto reaccionaron con fiereza y la guerra se desató con una virulencia nunca antes vista. Los países eran rápidamente consumidos por el fuego, el entrechocar de armas con escamas de dragón, los gritos agónicos de los humanos heridos de muerte, los atemorizadores rugidos de los dragones y, sobre todo, por la sangre derramada en las contiendas. La paz mantenida durante siglos se rompió en cuestión de minutos y la guerra consumió el planeta en unos días.</p>
<p>Y ahora sólo quedaba un representante de cada raza. Y una última batalla que librar, tan inútil como todas las anteriores. No iban a luchar por ver qué raza salía victoriosa, por ver cuál de los seres era más poderoso. Iban a hacerlo porque ya no les quedaba otra cosa, porque después de días y días de sangre, acero y fuego, no sabían hacer nada más. Muertos de hambre, sueño y cansancio, iban a pelear porque tenían que hacerlo. Como si estuviera escrito en alguna parte que así debía ser.</p>
<p>El guerrero, un poderoso especimen de la raza humana; largo cabello castaño, sucio y grasiento; ojos negros como la noche y tan oscuros como su alma; medía alrededor de un metro noventa de puro músculo, fibra curtida en innumerables combates; el torso sin cubrir, hacía mucho que había perdido las prendas, una a una, así como las piezas de su armadura de cuero; de los pantalones no quedaban más que andrajos que dejaban entrever las múltiples heridas que recorrían sus piernas, algunas de ellas aún sangrantes; las botas de cuero, desgastadas por el intenso uso al que se habían visto sometidas en los últimos días, estaban raídas aunque en buen estado; unos brazales de acero ya no brillaban en sus antebrazos, con rastros de haber recibido más de una llamarada y de un arañazo; y la espada bastarda, cubierta de sangre de dragón, apestando con el nauseabundo hedor de la muerte.</p>
<p>El dragón, aparentemente intacto aunque con algunos tajos y contusiones, con las escamas de refulgente color rubí; las placas pectorales de un intenso tono dorado; sus profundos ojos esmeralda, brillando con la rabia de saberse el último de su raza; las poderosas alas recorridas por numerosos cortes que prácticamente las habían inutilizado; todo él centelleaba, devolviendo la luz del fuego y magma que les rodeaban por doquier amplificada, cegando en ocasiones al guerrero.</p>
<p>El cielo, con el tono dorado de la arena del desierto, estaba cubierto de nubes de vapor tóxico, por lo que los rayos del sol no eran capaces de alcanzar la superficie del planeta; el calor unido a la capota de gas habían enrarecido el ambiente haciéndolo prácticamente irrespirable. El guerrero jadeaba mientras se movía siguiendo el trazado circular.</p>
<p>Entonces, tan de repente que el dragón estuvo a punto de lanzarse al ataque, el guerrero se paró en seco.</p>
<p>-Soy el poderoso Mynark, general de generales del clan de Los Rojos del sur de la estepa milenaria -dijo al tiempo que alzaba su espada hacia el cielo.- Y en este aciago día voy a acabar con el último de vosotros, despreciables seres -sentenció, escupiendo al suelo la última palabra.</p>
<p>-Miserable humano -la voz del dragón atronó en la cima-, tus palabras no hacen sino confirmar las peores sospechas de mi raza respecto a la tuya: sois los seres más estúpidos de la creación. Durante milenios vivimos en paz en este otrora hermoso planeta, pero entonces llegásteis vosotros, con vuestros temores y vuestra violencia, vuestras ansias de matar y vuestra codicia. Y nos perseguísteis y dísteis caza. Por el bien de ambas especies y del propio planeta decidimos exiliarnos cuando el territorio era nuestro por derecho; aún así, elegimos la paz en lugar de la guerra y nos fuimos de nuestros ancestrales hogares por vosotros. Mas cuán ruines podéis ser, malditos humanos, tuvísteis que darnos caza para poder obtener de nosotros lo que queríais. ¡Mira lo que habéis conseguido! ¡¡Observa atentamente este mundo agonizante!! ¡Regocíjate ante tu obra, humano, pues está alcanzando su culmen! Matar al último de los dragones es tu deseo, y lo intentarás empleando hasta la última gota de tu energía. Sin embargo, yo te digo que tu empresa es a todas luces inútil; aunque consigas matarme, y lo dudo, ¿qué te quedará, inmundo piel blanda? Un mundo de roca fundida y fuego; qué gran herencia.</p>
<p>-Te equivocas, oh gran lagartija. Voy a acabar contigo, y con esa acción, el aniquilamiento de tu especie, este mundo obtendrá paz y todo volverá a su ser. Así me lo dijo el oráculo y así será.</p>
<p>-Estúpido, inútil humano. He escuchado suficiente, no soporto más tu presencia. Acabemos con esto de una vez.</p>
<p>El enorme dragón, con lágrimas en sus brillantes ojos, se lanzó hacia Mynark, con sus tremendas fauces abiertas de par en par. El humano apenas tuvo tiempo de saltar a un lado para esquivar la acometida del poderoso señor del fuego; a continuación descargó una estocada contra el costado carmesí, pero no consiguió acertar entre las escamas y la espada rebotó, provocando que todo el brazo se desplazara hacia atrás con una violenta sacudida. La desventaja de luchar contra un dragón sin un escudo es que los hálitos de fuego no pueden ser detenidos con la hoja de una espada. Por muy grande que ésta sea. La enorme llamarada alcanzó al guerrero girando, en un desesperado intento por evitar el ardiente aliento. Tuvo que arrojarse al suelo y rodar sobre sí mismo para evitar que las llamas consumieran su brazo izquierdo. El fuego de un dragón es terriblemente &lt;&lt;pegajoso&gt;&gt;, como pudo descubrir Mynark, que pensó que la llamarada tan sólo lamería su cuerpo sin prender en él. Con un tremendo esfuerzo, como pudo se puso en pie, tambaleante; el brazo izquierdo con quemaduras de diversa gravedad; el derecho, aún temblando como consecuencia de su ataque fallido.</p>
<p>-Patético alfeñique -rugió el ser carmesí-. Apenas dos acometidas y ya estás prácticamente indefenso: tu brazo izquierdo casi inutilizado y el derecho soportando el peso de tu arma a duras penas. No te enfrentas a cualquier contendiente, humano, ante ti se yergue Kerroyn Coraza de Sangre, rey de reyes entre los de mi especie. Qué nefasto destino te ha tocado en suerte, deshonroso Mynark. Eres un insulto a los ojos de nuestra especie, tú como todos tus hermanos de sangre. Y aún así, misericordioso me muestro ante ti, dándote una última oportunidad de sobrevivir. Ríndete y compartiremos estos últimos estertores de nuestro mundo. Prefiero pasarlos contigo que en la más absoluta soledad. ¿Qué me dices?</p>
<p>El guerrero miraba furibundo, con el ceño fruncido, al dragón. Si se pensó por un momento siquiera, la oferta del sabio lagarto alado, no dio muestras de ello. En un rápido movimiento, dejó la espada en el aire lo justo para poder cogerla con el puño cambiado y, como parte de la misma acción, dio un largo paso hacia delante para darle fuerza al lanzamiento de su espada, como si de una jabalina se tratase. Intentaba aprovechar que el rey Kerroyn le mostraba la parte delantera de su cuerpo, la más blanda y, por lo tanto, vulnerable. Además, la distancia entre ambos era de apenas 7 metros, por lo que no habría mucho tiempo para reaccionar. Con gran certeza, la enorme pieza de metal volaba hacia el corazón de la bestia a gran velocidad. El rey dragón movió la cabeza en un gesto de resignación y decepcionado lanzó su garra contra la espada. El arma se clavó en la palma de su zarpa, provocándole un punzante dolor. El rugido de Kerroyn pudo escucharse varios cientos de kilómetros a la redonda.</p>
<p>Sin embargo, ahora Mynark estaba perdido. Debilitado su brazo derecho, casi inutilizado el izquierdo y sin arma, no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir. El terror hacía presa en él cuando una enorme cola salpicada de afiladas espinas le aplastó violentamente. El dragón se dio media vuelta levantando su cola, arrancándola del suelo, y arrojó la espada al vacío. Lo que quedaba del guerrero humano apenas era reconocible como el cuerpo de un hombre.</p>
<p>Kerroyn avanzó lentamente hasta el borde de la cima y se quedó allí clavado durante unos minutos, con la mirada perdida en la lejanía. Observó un mundo agonizante, con su superficie plagada de volcanes escupiendo magma, rocas volcánicas, humo y gases tóxicos; constantes terremotos azotaban por doquier; y la calma, la terrible tranquilidad de un mundo muerto, lo llenaba todo. El silencio le resultaba ensordecedor. Recordó entonces sus miles de años vividos: cómo salió del huevo a duras penas, siendo una pequeña y vulnerable cría; sus años de juventud en los que aprendió a volar, a cazar y las incontables tradiciones de su raza; los años de su adolescencia en los que se curtió en miles de peleas contra otros dragones, mejorando su técnica día a día, creciendo hasta convertirse en un gran macho con un prometedor futuro; el momento en que alcanzó su edad adulta y la gran prueba a la que fue sometido en la que tuvo que enfrentarse con otros hermanos en su misma situación, saliendo victorioso; los años de adulto en que aún era un joven y poderoso dragón, cómo cortejó a cientos de hembras teniendo docenas de crías con ellas; el maravilloso momento en que se erigió como rey de su clan, venciendo a todos los demás aspirantes al trono; los años de paz que logró durante su reinado y la felicidad que los embargó a todos; el día en que fue elegido como rey de reyes, entrando al mismo tiempo en el consejo de ancianos, en cuyas reuniones se tomaban las decisiones más importantes que afectaban a todos y cada uno de los miembros de su raza; el advenimiento de los hombres y las penurias que les causaron; las primeras guerras con los humanos y la decisión tomada en el consejo de exiliarse voluntariamente por el bien de ambas razas y del propio mundo; los interminables siglos de exilio en que ningún dragón podía ser feliz; el reencuentro con los hombres y todo el dolor que trajo aquel momento; los días posteriores de guerras y batallas por todas partes, sangre, caos, destrucción; la pérdida, la terrible pérdida de todos y cada uno de sus hermanos de raza. Todo esto recordaba el gran Kerroyn y sus ojos se llenaban de lágrimas al hacerlo. Lloró y lloró durante horas con la mirada perdida en el horizonte, la mente inmersa en sus milenarios recuerdos, completamente inmóvil al borde de la cima más alta.</p>
<p>Entonces, se dio la vuelta, y con los ojos aún inundados de lágrimas, se acercó a los restos del guerrero. Cavó un pequeño agujero y empujó dentro el cadáver, cubriéndolo después con la tierra amontonada. A continuación, se dejó caer con cierta violencia y se acurrucó en el suelo, haciéndose un ovillo. Y entró en un amargo sopor, un letargo eterno del que ya no despertó jamás.</p>
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		<title>Reacciones</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Nov 2008 15:50:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel H Alcojor</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Viajar en el metro de Madrid en hora punta era horrible, especialmente en la sobresaturada línea 6. Y, si no tenías algún tipo de entretenimiento, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote>
<p style="text-align: justify;">Viajar en el metro de Madrid en hora punta era horrible, especialmente en la sobresaturada línea 6. Y, si no tenías algún tipo de entretenimiento, como pasatiempos, libros, consolas de videojuegos, etc,. podía ser una experiencia desquiciante.</p>
<p style="text-align: justify;">Él lo sabía y, para ocasiones como aquella en que no llevaba libro o periódico, tenía su propio pasatiempo: lo observaba todo. Miraba los carteles y los leía una y otra vez, sobre todo aquellos con fragmentos de novelas o poemas. Sin embargo, en lo que más se fijaba era en los viajeros que le acompañaban.</p>
<p style="text-align: justify;">Imaginaba sus vidas y sus circunstancias. Hacía suposiciones, sacaba conclusiones. Y, por supuesto, se fijaba en las  jovencitas atractivas. Cuando encontraba una que le gustaba, la miraba, estudiaba sus facciones, se fijaba en cada detalle, intentaba exprimir al máximo las pistas visuales de que disponía para obtener toda la información posible y sacar sus conclusiones.</p>
<p style="text-align: justify;">No obstante, nunca se atrevía a acercarse y entablar conversación. Era demasiado tímido para eso. Así que se conformaba con fantasear, con imaginar que sacaba el valor de algún rincón olvidado de su ser y se acercaba a hablar con ellas. Interpretaba toda la escena dentro de su cabeza, incluyendo las respuestas y reacciones de la chica, basándose en la información recabada mediante la observación.</p>
<p style="text-align: justify;">Y, como no podía ser de otra manera, incluso en su cabeza perdía casi siempre. En ocasiones encontraba una forma de entablar la conversación que le parecía muy buena, alguna vez incluso genial, pero nunca infalible. Y eso, sumado a la inseguridad de no considerarse atractivo, provocaba su falta de valor.</p>
<p style="text-align: justify;">En aquellos momentos se encontraba mirando a una chica a intervalos más o menos regulares. Era perfectamente consciente de que no debía mirar ni demasiado fijamente ni demasiado tiempo. En primer lugar, era importante que la chica no se diera cuenta de que estaba siendo observada. Pero igualmente lo era el que ningún otro pasajero le tomara por alguna especie de pervertido.</p>
<p style="text-align: justify;">Aquella chica iba sentada y llevaba un buen rato consultando su agenda. Él, curiosidad pura, no dejaba de mirar su agenda en busca de nueva información de la que disponer. Y entonces ocurrió.</p>
<p style="text-align: justify;">Ella pasó una página y él pudo leer claramente, escrito con un edding negro y letras enormes: &#8220;5 AÑITOS YA!!!&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">Su expresión cambió completamente: la sonrisa se borró de su rostro, su actitud ensoñadora se tornó intranquilidad y su efímera paz interna se volvió dolor. Aquellas palabras que para aquella bella pasajera sin duda significaban felicidad a él le devolvieron un torrente de oscuros recuerdos que estaban enterrados en el jardín de su mente. Su canina curiosidad había destapado cadáveres a los que no quería enfrentarse.</p>
<p style="text-align: justify;">El resto del viaje hasta su destino fue corto, afortunadamente. Intentó mantener la mente en blanco, pero el tormento no cesó hasta que se bajó por fin de aquel vagón. Al ponerse de nuevo en movimiento olvidó el episodio y para cuando llegó a su destino ya volvía a ser el de siempre.</p>
</blockquote>
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		<title>Leones y cebras en la sabana del Cercanías de Madrid</title>
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		<pubDate>Tue, 11 Dec 2007 10:06:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel H Alcojor</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Martes 11 de Diciembre de 2007. Aunque esta terrible historia de supervivencia se podría dar cualquier otro día. Pero yo la he vivido hoy. En [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Martes 11 de Diciembre de 2007. Aunque esta terrible historia de supervivencia se podría dar cualquier otro día. Pero yo la he vivido hoy. En realidad, tampoco es la primera vez que veo algo parecido, pero siempre había querido contarlo con este estilo. Allá voy:</p>
<div style="font-style: italic">
<p>Eran casi las 9 de la mañana, en un tren de Cercanías de la línea C5, dirección Atocha. Llegando a la estación de Villaverde Alto, estoy sentado junto a la puerta. De pronto, sin previo aviso, la chica que iba sentada a mi lado se levanta para bajarse del tren en la estación a la que nos acercamos.</p>
<p>Entonces, veo la escena a cámara lenta, como en tiempo bala.</p>
<p>En frente del asiento hay una chica, una inocente cebra de unos 20 años. Ha visto el asiento libre y quiere ocuparlo.</p>
<p>Pero aparece el león: una mujer de unos 50, rechoncha y apestando a colonia barata. La pobre cebra tiene que rodear a dos personas que se encuentran junto a la puerta; el león tiene que rodearme a mí para sentarse. La diferencia de edad y de agilidad y reflejos deberían darle la ventaja a la cebra, pero el león es ya viejo y tiene experiencia en este tipo de situaciones. Puedo escuchar con absoluta nitidez los rugidos del león que atemorizan a la cebra, que ni siquiera lo intenta: se rinde antes de que comience la carnicería y vuelve a su sitio.</p>
<p>El león se sienta a mi lado, con aire victorioso mientras yo tengo que centrar mi concentración en respirar más suavemente para que el olfato no se active con cada inspiración y poder así ignorar el horrible perfume&#8230;</p>
</div>
<p>Escenas como estas se pueden vivir a diario en el transporte público de Madrid (supongo que también en otros lugares). Las viejas, con prisas, de malas maneras, dando codazos y golpes, refunfuñando y usando todos los medios a su alcance, se lanzan a por los sitios libres que hay. Esa es la principal razón de que no les ceda mi asiento. Su voracidad, que ya he tenido que sufrir en alguna ocasión, nubla su sentido. En ocasiones ni siquiera ibas a sentarte, no te habías movido, cuando sentías el vendabal geriátrico que pasaba a tu lado, dándote codazos y reclamando un sitio que, cierto, quizá sea suyo por derecho, pero esas no son las formas.</p>
<p>No lo sufras en silencio: deja un comentario <img src='http://dhalcojor.com/blog/wp-includes/images/smilies/icon_razz.gif' alt=':P' class='wp-smiley' /> </p>
<p><a class="a2a_dd a2a_target addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save#url=http%3A%2F%2Fdhalcojor.com%2Fblog%2F2007%2F12%2F11%2Fleones-y-cebras-en-la-sabana-del-cercanias-de-madrid%2F&amp;title=Leones%20y%20cebras%20en%20la%20sabana%20del%20Cercan%C3%ADas%20de%20Madrid" id="wpa2a_12"><img src="http://dhalcojor.com/blog/wp-content/plugins/add-to-any/share_save_171_16.png" width="171" height="16" alt="Share"/></a></p>]]></content:encoded>
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